Tierraviva a los Pueblos Indígenas del Chaco, institución en la cual me he formado y a la cual debo mucho de lo que soy actualmente, acaba de cumplir 25 años de una rica experiencia jurídica, política y social, de exigibilidad de derechos y construcción democrática, forjada en un difícil contexto de post dictadura y transición democrática, donde los dueños de la tierra se fundían y confundían con las autoridades del gobierno y del Estado todo, como si fuesen una misma e indisoluble circunstancia. Esta historia, que aún está por escribirse, constituye un capítulo insoslayable de la lucha contra la desigualdad y la denegación estructural de derechos en el Paraguay, que, sin duda alguna, vale la pena conmemorar. Haber contribuido, entre otras cosas, a la restitución de 165.195 hectáreas de tierra para diferentes comunidades del chaco, en las circunstancias señaladas, no es poca cosa y es motivo de un legítimo orgullo que nos asiste a todos y todas quienes hemos dedicado nuestros mejores esfuerzos para que esto así sea.
Teniendo presente a Teresio González, ex líder de la Comunidad indígena Sawhoyamaxa, quien un día como muchos de los que le toco vivir a finales de los años ’90, luego de una jornada de extenuante labor en el establecimiento ganadero donde su mano de obra era explotada sin misericordia alguna, decidió dormir al costado de una ruta, un sueño tan profundo que se confundiría con la muerte misma, al paso de un camión que siguió raudo su marcha letal sin detenerse; en su memoria, quisiera hoy expresar mi especial agradecimiento a las diferentes comunidades indígenas y a sus líderes y lideresas, junto a quienes hemos trabajado y seguimos trabajando, por habernos distinguido siempre con su confianza, así como por las enseñanzas que nos siguen entregando a cada paso que damos, tan generosamente. A mis compañeros y compañeras, a los de hoy y a los que estuvieron antes, va un fuerte abrazo.
Los tiempos que corren no son los mejores, lo sabemos, pero a seguir luchando, que vale la pena. ¡Salud, Tierraviva!